viernes, 11 de julio de 2008

Los ángeles de nuestra naturaleza


En cierta ocasión, siendo yo chico, miraba TV cuando me crucé con episodio de Polémica en el Bar. Tenía la palabra su creador, Gerardo Sofovich. No, no estaba hablando sobre su disputa judicial con el Dr. Ekmekdjian. Tampoco se refería al osito Totón ni a los planes que tenía para la carrera artística de Patricia Sarán. Estaba hablando de política.

Contaba que a finales de 1983 tuvo la oportunidad de entrevistar al Dr. Frondizi. Por esos días Argentina vivía un clima de fervor democrático que posiblemente no se haya repetido desde entonces. Se había votado, la Constitución pronto volvería a imperar. El futuro tenía que ser mejor. El pasado no iba a repetirse.

Sofovich comentaba lo sorprendido que estuvo cuando el Dr. Frondizi, aparentemente inmune al ánimo reinante, le sentenció que, de acuerdo a su leal saber y entender, Argentina no tenía remedio. El país no tenía solución. No recuerdo mucho de ese programa, pero si tengo presente lo sorprendido que yo también estuve al escuchar que un ex presidente (el “último estadista”, según la opinión de algunos) tenía una visión tan pesimista en un contexto de tanto optimismo.

Mi reacción fue pensar: “Esta hombre algo sabe”. Algo, algún secreto que explique el motivo de semejante decreto sobre nuestra suerte. Evidentemente, algo sabía. Sus debates con Cooke en la Cámara, su trabajo en la oposición, primero, y luego en el gobierno, sus intentos afianzar el desarrollismo, le habían dado mucha experiencia. Claro que algo sabía. Si bien sus últimos años no lo tuvieron en su esplendor intelectual ni mucho menos, algo seguía sabiendo.

Descarto que la sentencia de Frondizi haya sido original. Podría haber venido de cualquier taxista o de cualquier historiador. La condición para sostener esa idea no tiene que ver con alguna profesión particular o con alguna formación intelectual, sino con un estado de fatiga moral. Muchas veces, muchos argentinos nos encontramos exhaustos. Nos cansamos. A veces de esperar; a veces de hacer. A veces, incluso, nos cansamos de auto engañarnos. Pero después nos cansamos de la realidad.

Más allá de ese cansancio, ¿hay elementos para, objetivamente, pensar que no tenemos solución? Yo puedo pensar en uno (porque creo que hay solo uno): el fetichismo de la enemistad. Amamos tener enemigos. Si son enemigos internos, mejor. Pero no descartamos los externos. Si son enemigos mortales, nuestra vida esta justificada. Ponemos mucho amor al odiar. Creemos que, de esa forma, nos reivindicamos, nos limpiamos. Ponemos nuestra fe en la victoria definitiva sobre el otro.

No voy a hacer referencia al reiterado ejemplo del Pacto de la Moncloa. Tampoco voy a hablar de la reciente declaración del Ingrid Betancourt, en la que manifestaba haber logrado perdonar a sus secuestradores. No voy apoyarme en el esfuerzo de reconciliación que realizó Nelson Mandela. A todo eso se le puede contestar con un vacío ejercicio de evasión, del tipo de: “Se trata de otra situación. Acá es distinto”.

Pero permítanme, a cambio, decir que en nuestro país se ha secuestrado, torturado y matado gente, se ha vivado al cáncer cuando Evita estaba muriendo, se ha declarado que al enemigo no se le dará ni agua, se ha pisoteado la Constitución Nacional, se ha combatido en guerras suicidas, se han entregado las riquezas del país, etc, con el mismo odio con el que se ha repudiado esas mismas acciones. Odiamos por haber sido odiados. Por nuestros hermanos, nuestros enemigos.

¿Querremos, algún día perdonar? ¿Podremos hacerlo entonces?

Superar el fetichismo de la enemistad no implica rechazar a la justicia y el castigo que esta traiga a los ofensores. No requiere sepultar la memoria histórica. Se trata, en cambio, de potenciar la imaginación sanadora. Pensar en los futuros deseables. Patalear en contra de los destinos impuestos, especialmente cuando esos destinos están cargados de odio.

Cuando Abraham Lincoln asumió su primer mandato, su nación estaba a punto de dividirse. Entonces toma el mando y toma la palabra. Explica, tranquiliza, negocia, advierte, aconseja.

Se pregunta, Why should there not be a patient confidence in the ultimate justice of the people?

Invita, My countrymen, one and all, think calmly and well upon this whole subject.

Y termina diciendo, apelando a la memoria con el propósito de unir a sus compatriotas:


“We are not enemies, but friends. We must not be enemies.
Though passion may have strained it must not break our bonds of affection.
The mystic chords of memory…will yet swell …
when again touched, as surely they will be,
by the better angels of our nature.”



Frondizi sabía algo. Lincoln también.
GLS