miércoles, 28 de julio de 2010

Atajos




“La política argentina debe superar una atracción fatal por tomar siempre atajos”

Un verdadero modelo de desarrollo no se puede basar en el voluntarismo político y algunos aciertos económicos: precisa un esfuerzo de construcción institucional y cultura republicana.
Por Fabián Bosoer

La proyección internacional y renombre de este intelectual y político brasileño es correlativa con la creciente relevancia de Brasil en el escenario mundial. Es profesor de la Universidad de Harvard, donde tuvo a Barack Obama como uno de sus más dilectos alumnos. Fue militante político de izquierda en su juventud, candidato a presidente en 2006 por un partido minúsculo y ministro de Asuntos Estratégicos del gobierno de Lula hasta el año pasado. Roberto Mangabeira Unger (62 años) siguió así, sólo en esto, el trayecto de un Fernando Henrique Cardoso o un Hélio Jaguaribe, grandes académicos que no dudaron en asumir responsabilidades de gobierno y meterse de lleno en la política sin menoscabo para su producción intelectual. Pero Mangabeira va más allá y propone, en su último libro editado en español, un manifiesto programático para una “reinvención de la izquierda”. De Brasil y América latina al mundo entero. Estuvo en Buenos Aires, invitado por la Fundación Universitaria del Río de la Plata (FURP), para disertar en el seminario “La Argentina y el mundo” organizado con motivo de su 40° aniversario.

Un viejo axioma decía que “de las crisis se sale por derecha”. Sin embargo, tenemos en la actualidad gobiernos tanto de derecha como de izquierda saliendo -o buscando salir- de la crisis económica internacional. ¿Qué tipo de izquierda es la que se observa hoy en los gobiernos que así se definen?

Hoy existen dos izquierdas en el mundo. Una rendida, resignada, que acepta la economía de mercado en su forma actual y la globalización como algo inevitable, y procura simplemente humanizarlas por medio de políticas sociales. Su palabra de orden es “humanizar lo inevitable”. Hay una segunda izquierda, recalcitrante, que tampoco ofrece alternativas, pero quiere desacelerar esa marcha, supuestamente inevitable, para proteger los intereses de su base histórica, el proletariado organizado en los sectores de capital intensivo.

¿No les da usted crédito a ninguna de las dos …?

Falta una tercera izquierda, transformadora, que se proponga reorganizar la economía de mercado al servicio del crecimiento incluyente. Reorganizarla institucionalmente, no simplemente regularla. Y reorientar la globalización, para que el orden global facilite los experimentos divergentes.

¿Esa propuesta alternativa busca una nueva “tercera vía”?

En mi pensamiento político, de alguna forma estoy recuperando la visión clásica de liberales y socialistas, en la que el objetivo supremo es engrandecer a la humanidad -a los seres humanos- y luchar contra las desigualdades. El medio es la reconstrucción institucional, pero sin seguir la visión restrictiva de ese objetivo o la fórmula institucional dogmática de liberales y socialistas clásicos. La práctica necesaria es renovar las instituciones y no aceptar la opción que se plantea hoy en los países del Atlántico Norte, que es restringir el debate a un esfuerzo para reconciliar la flexibilidad económica norteamericana con la protección económica de los europeos, dentro de un horizonte institucional muy limitado.

¿Cómo situaría esta propuesta en el contexto político latinoamericano actual?

Si vemos sin sentimentalismos la situación en gran parte del continente, podríamos decir que hay tres categorías de países: hay países que se rindieron a una fórmula institucional importada, países muy bien organizados que aplicaron una construcción fuerte y original; hay una segunda categoría de países que quieren rebelarse pero no saben cómo, en un pantano de conflicto y confusión de fondo; y hay una tercera categoría de países que oscila entre las dos categorías. Lo que falta es un nuevo modelo de desarrollo basado en una verdadera ampliación de oportunidades económicas y educativas. Una democratización de oportunidades y capacitaciones por medio de la innovación institucional.

¿Cómo observa a los gobiernos llamados “progresistas” de estos últimos años en la región?

Es difícil hacer generalizaciones. Y la tragedia nacional en estos países es la coexistencia de una inmensa vitalidad y una vida desmesuradamente rica, con una enorme falta de instrumentos. Por causa de esa falta, la oportunidad de cambios radicales se disipa. La alternativa necesaria es claramente algo muy diferente del pseudo progresismo existente, que se reduce típicamente a un keynesianismo bastardo, a un distribucionismo popular financiado con la expropiación del excedente económico del agro o de la minería. Tampoco debe confundirse con el regreso al desarrollismo de la década del ‘70. No es volver a Frondizi y Prebisch, no es simplemente valorar un Estado fuerte. Es reconstruir y renovar la política y el Estado.

¿De qué modo?

Hay cinco directrices que me parecen más importantes. En primer lugar, democratizar y extender la economía de mercado. Por ejemplo, una política que eleve a las pequeñas y medianas empresas a través de créditos a nuevas tecnologías, una coordinación estratégica entre gobiernos y empresas que sea descentralizada, pluralista y experimental. Una política agrícola que asegure atributos empresariales a la agricultura familiar. Y una política de trabajo que enfoque sobre todo hacia los intereses de la mayoría, atendiendo a la gran cantidad de precarizados, trabajadores temporarios o tercerizados. Hay que organizar un estatuto legal para protegerlos, organizarlos y darles representación. No es simplemente regular la economía de mercado, es reorganizarla institucionalmente. Segunda directriz: asegurar un escudo económico para estas “herejías desarrollistas”. Eso significa cuestionar la pseudo ortodoxia económica de las últimas décadas, reafirmar la responsabilidad fiscal, atenuando el recurso a políticas contracíclicas keynesianas. La tercera directriz es una revolución en la educación pública, con dos prioridades: reconciliar la gestión local de las escuelas con padrones nacionales e inversiones de calidad (la calidad no debe depender del hogar en el que nace el niño) y reorientar radicalmente el paradigma pedagógico para sustituir el enciclopedismo informativo por una enseñanza analítica capacitadora. La cuarta directriz es sobre el
Estado, con tres agendas simultáneas: profesionalismo burocrático, eficiencia administrativa y mejores servicios públicos. Que la sociedad civil participe de la provisión de los servicios públicos, incluso de la educación y la salud. Y la quinta directriz es profundizar la democracia. Una democracia de alta intensidad que no dependa de la crisis ni del dinero.

Es un ambicioso programa, pero ¿por dónde empezar?

Es un esfuerzo para institucionalizar la cultura republicana y sacar a la política de la sombra corruptora del dinero. Es así como concibo el contenido básico, que es muy diferente del mero desarrollismo del siglo pasado. Es un esfuerzo para reimaginar y reconstruir la economía de mercado y la democracia representativa pensando en una nueva clase media que está surgiendo y en la voluntad de la mayoría pobre.

¿Es Brasil el modelo a seguir?

Brasil realizó en el gobierno del presidente Lula, en el cual tuve el honor de participar, importantes avances. Millones de personas fueron liberadas de la pobreza, millones de jóvenes consiguieron acceso a la universidad y a la escuela técnica, hubo grandes obras de infraestructura y se consolidó la estabilidad macroeconómica. Pero con todos esos avances importantes no se resolvió el problema central, que es la falta de instrumentos de capacitación y de oportunidades para la mayoría. Vargas y Perón promovieron una revolución asociada a los sectores organizados de la sociedad. Ahora el problema es que nuestras sociedades están condicionadas por los lobbies y el corporativismo y la tarea es abrir condiciones y construir instituciones para toda esta vida que viene de abajo. En Brasil es la tarea de la próxima etapa. Y aspiro a que sea un tema de debate en esta sucesión presidencial.

¿Cómo ve a la Argentina, en ese diagnóstico?

Veo una gran disponibilidad en la clase política en favor de una discusión sobre el futuro nacional. Pero la política argentina debe superar la atracción fatal por tomar siempre ciertos atajos. En primer lugar, los atajos históricamente característicos del justicialismo: la idea de expropiar el excedente económico del agro para financiar el consumo urbano de las masas, que no es una alternativa de organización seria de las oportunidades de la riqueza, y el atajo político del personalismo para sustituir una construcción institucional, cuyo resultado es una alternancia dañosa entre una política transformadora antiinstitucional y una política institucional antitransformadora. El país tiene que evitar la tentación de oscilar entre “la aventura” y “el gris”. La aventura no funciona, pero tampoco el gris, que simplemente promueve una estabilidad institucional siempre sostenida sobre un tembladeral. Son formas de escapar del destino nacional, y como admirador y apasionado por la Argentina, lo que quiero es que enfrenten con coraje y realismo esos retos.

Copyright Clarín, 2010.