jueves, 26 de junio de 2008

El esfuerzo de Bayer (o cómo Sarmiento y José Hernández se volvieron a saludar)



Ayer miraba un reportaje a Osvaldo Bayer en canal 7. El motivo de la charla era rendir homenaje al talentoso y valiente anarquista.

En un momento del programa, el periodista Eduardo Anguita (co-autor con Martín Caparrós de “La Voluntad”), relata una experiencia que vivió con Bayer en un viaje por Santa Cruz. Al aproximarse al lugar que habían identificado como una de las fosas comunes en las que fueron arrojados los cuerpos sin vida de decenas de obreros rurales, fusilados por las huestes de Varela, Bayer empieza a pensar en voz alta. Regresa mentalmente al contexto de la tragedia. Se pregunta (por enésima vez, supongo) por qué todo tuvo que terminar así. “Estaban dadas las condiciones para el diálogo”, se repite. “Había espacio para la negociación”, insiste.


Anguita resalta este ejercicio de intercesión histórica por parte de Bayer. El autor de “La Patagonia rebelde” se esfuerza por volver atrás, aún en su mente, para reparar lo irreparable. Para evitar lo peor. Para no tener nunca que contar lo que contó.

El haber escrito sobre estos tristes episodios le cambió, a Bayer, la suerte para siempre; le trajo notoriedad, reconocimiento y persecución. Sin embargo, nunca aceptó esos hechos. No tendrían que haber ocurrido. Y ahora, décadas después, en el ring de su cabeza, seguía luchando por evitarlos.

Hace algunos años tome un curso en un centro cultural. El curso se planteaba repasar la historia argentina, pero evitando –y confrontando- a la historiografía mitrista. Aprendí mucho. Nuestro digno maestro era un sabio autodidacta (por lo menos en temas históricos) que hoy tiene mucha más llegada al público que en aquellos años.

Me llamaba la atención, sin embargo, que el volante que se repartía por el barrio para publicitar el curso, incluía una frase muy similar a esta: “¿Sabía Ud. que Sarmiento le puso precio a la cabeza de José Hernández?”

Esa era una ingeniosa forma de llamar la atención. Los autores de dos libros fundacionales, enfrentados a muerte: una invitación al festival del morbo. Además, era cierto. Sarmiento efectivamente amenazaba la vida de Hernández. Pero más allá de eso, la invitación, formulada en esos términos, implicaba una postura específica ante la historia. Efectivamente, esa postura se reflejo en todo el curso.

Me parece que está muy bien tomar posturas, incluso posturas fuertes, ante procesos, figuras o momentos históricos. En alguna etapa del desarrollo intelectual del ciudadano, ese ejercicio es casi vital.

Sin embargo, a la luz del recorrido histórico que nuestro país ha realizado desde el intento de cacería de Hernández hasta hoy, me pregunto si no podríamos hacer otro tipo de ejercicio. Uno parecido al que hizo Bayer en Santa Cruz. Uno que construya, que ni desconozca los hechos ni anule los méritos de aquellos que protagonizaron la historia. ¿Es Sarmiento algo más que ese exabrupto que vomitó? ¿En qué circunstancias el autor del Facundo y el autor del Martín Fierro se hubieran dado la mano, aún luego de ese enfrentamiento encarnizado? ¿Buscaban, cada uno a su manera, la grandeza de la Nación?

Mi intención no es disculpar ni defender a Sarmiento. Simplemente me pregunto si la memoria colectiva del país, su mirada al pasado, puede, a los efectos de lograr una reconciliación profunda y una concepción integral y realista de la historia, hacer el esfuerzo imaginativo de propiciar un encuentro definitivo de los supuestos civilizados y los supuestos bárbaros. Las personas ya no se reconciliarán. Su tiempo biográfico pasó. Pero nosotros podemos seguir el ejemplo de Bayer. Preguntar, aunque más no sea, por qué fue así. Y cómo podría haber sido diferente. Y entonces determinar que, por nuestro propio bien, ahora será diferente.

¿Es la mía una visión inocente y/o utópica? Muy posiblemente, si. Pero al menos no es deprimente ni autodestructiva, adjetivos que se han transformado en sinónimos de lo argentino.

Démosle, entonces, una oportunidad al “experimentalismo historiográfico”.

GLS