lunes, 11 de agosto de 2008

Seguridad y desarrollo en América Latina: El Consejo Sudamericano de Defensa

El análisis de una relación interdependiente entre la seguridad y el desarrollo es tanto o más antiguo que el del huevo o la gallina. En ese marco, está claro que nunca estarán seguros aquellos países en donde no se brinde una educación solvente a sus pueblos –no a unos pocos sino a la totalidad o, al menos, para intentar no ser tildado de “utópico”, a la gran mayoría-; mientras no se los incluya a un sistema de salud eficiente; hasta que no se amplíen las oportunidades laborales. Es decir, hasta que no se presenten alternativas efectivas que incluyan y eviten seguir escondiendo la realidad debajo de la alfombra con las soluciones habituales, normalmente pensadas para se adoptadas durante un interlapso muy limitado y habitualmente perpetuadas en el tiempo.

Pero lo cierto es que también resulta difícil dar solución a esas demandas, que se han profundizado con el paso del tiempo, en un contexto de profunda violencia.

Hoy, en América Latina, y a diferencia de la situación por la que atraviesan las potencias mundiales, las principales amenazas no provienen de cuestiones tales como el terrorismo. Las mismas están vinculadas, entre otras cosas, al hambre, la pobreza, la falta de educación y el limitadísimo acceso a un sistema de salud decente. En suma, a problemas internos de cada país vinculados a los precarios niveles de desarrollo sustentable, en donde la violencia ya es estructural -prácticamente heredada de generación en generación y expandida gradualmente por el agravamiento de los niveles de exclusión y marginalidad en la región-.

No obstante, esos problemas, de tipo principalmente domésticos, suelen trasladarse hacia otros países. Pero como la idea no es que esos efectos sean abordados en estas breves reflexiones, simplemente vale la pena tener en cuenta que en la actualidad América del Sur, no sin tener en cuenta las amenazas que la aquejan, propias de las asimetrías que la caracterizan, se encuentra en paz y tiene en sus manos la posibilidad de resolver sus propias limitaciones domésticas.

Ello viene en consideración a que no existe una región en el mundo que esté en condiciones de mejorar la calidad de vida de las naciones que la integran mientras se esté en estado de guerra. Otra vez, las causas y los efectos tienden a desdibujarse. ¿Utópico nuevamente? Tal vez.

Pero voy a tratar de argumentar esto brevemente: los conflictos limítrofes que persisten en la actualidad han sido heredados, como mínimo, del S. XIX (verbigracia Chile y Perú, Chile y Bolivia, Colombia y Nicaragua y Venezuela y Guyana). Los últimos acontecimientos entre Colombia y Ecuador, que llevaron a la amenaza del uso de la fuerza militar, con la inclusión en el plató de Venezuela, demostraron que el poder del diálogo civil y la resolución pacífica de los conflictos es el modus operandi de los gobiernos del subcontinente. A eso debería ser incorporado, y no es cosa menor, el hecho de que la región está libre de la existencia de armas nucleares, demostrando un claro compromiso por una cultura de paz. En ese contexto, lejos estamos de un conflicto armado y como reaseguro de ello se decidió crear un grupo de trabajo, en el marco de la Unión Sudamericana de Naciones, para que presentara una propuesta para crear un Consejo Sudamericano de Defensa al Consejo de Jefes de Estado de ese bloque.

Y es así que 12 países con realidades profundamente disímiles, grandes asimetrías en diversas áreas (sistema de modernización de sus sistemas de defensa, capacidades, producción industrial para la Defensa) y hasta marcadas diferencias políticas han decidido avanzar, por consenso, en la creación de un Consejo que se propone consolidar a América del Sur como una zona de paz. Esa condición permitirá que los países involucrados puedan hacer hincapié en las verdaderas amenazas de la región, vinculadas a la necesidad, ardua y compleja, de generar un desarrollo integral de sus pueblos.

NMC