lunes, 6 de octubre de 2008

Vivir de la política


Habitualmente los periodistas y comunicadores, como el público en general, tergiversan las citas de grandes autores con el fin de otorgarle autoridad y solvencia a sus argumentos. Es así como se ha vuelto un lugar común las caracterizaciones de Max Weber (1864-1920) acerca de dos situaciones: vivir “de la política” y “para la política”. Se cita a Weber diciendo que se refería los primeros como los políticos corruptos que se sirven de su cargo para beneficio personal en tanto que los segundos eran los dirigentes abnegados que cumplían su auténtica función de representantes, bregando por el bienestar general. Leyendo “El político y el científico” observamos lo errado de la caracterización. Para Weber, quienes viven “para la política” son los honoratiores, es decir aquellos hombres que habiéndose asegurado su bienestar personal en otros campos (empresarial, por linaje, por poseer algún tipo de renta, etc.) dedican su tiempo libre, de ocio creativo, a la cosa pública; en tanto que los que viven de la política son los políticos de la Modernidad, cuya dedicación a la cosa pública es permanente y perciben una remuneración por ello. Weber celebraba que los que viven de la política prevalecieran por sobre los que viven para la política, porque ello implicaba el paso de un sistema patrimonialista o feudal hacia uno más democrático, igualitario y por lo tanto moderno. El sociólogo alemán no planteaba la dicotomía entre corruptos y honestos o bien entre pícaros y abnegados, sino la contraposición entre un sistema de estamentos o castas y un sistema de profesionales que se insertaban en la estructura de un Estado burocrático moderno. En síntesis, la conceptualización weberiana implica algo diametralmente opuesto al lugar común que se le asigna habitualmente en los debates políticos mediatizados.


JIM

viernes, 19 de septiembre de 2008

Cornel West con el Grupo Juramento

En este corto video, filmado a los pies del Cristo Redentor en Rio de Janeiro, el tío Cornel expresa sus deseos de venir a nuestro país, para "escuchar y aprender, y para involucrarse en la realización de esa gran fusión entre el Evangelio Cristiano y la lucha por la justicia. Porque creo en el Amor; y la Justicia es la forma en que el Amor se ve en público".

En mayo de 2009 lo estamos trayendo.

El impulso experimentalista: la gran ausencia en el entramado institucional de Estados Unidos


(*) Por Gabriel Saez

A esta altura de los desarrollos históricos, decir que Estados Unidos es un gran país suena, en la mayoría de los oídos, como una obviedad. Sin embargo, otros pueden encontrar esa declaración muy irritante. La admiración y la desconfianza que la potencia global despierta en el mundo pueden provocar una u otra reacción.
Dejemos de lado los indicadores de su poder económico, la contundencia de su capacidad militar y la enorme penetración que su impronta cultural ha alcanzado en todos los rincones del planeta. Observemos, en cambio, los méritos que el pueblo y los gobiernos de ese país han hecho para asegurar el cumplimiento de sus más profundos y duraderos deseos. Deseos de libertad y de seguridad. Anhelos de grandeza y desarrollo individual. Esperanza de poder involucrarse en el mundo, sin atarse al mundo.
Cuando ensayamos esa mirada, las posturas críticas se reducen todavía más. Estados Unidos tiene muchas cuentas pendientes. Es vergonzoso aún hoy comprobar el trato que han recibido los afro americanos en ese país hasta bien entrado el siglo XX; y la forma dolorosa, lenta y contradictoria en la que esa situación se fue revirtiendo. Por otra parte, la pobreza no es un fenómeno desconocido. Es, al contrario, un elemento cada vez más común en el paisaje estadounidense. Sin embargo, el país se ha demostrado ser un terreno fértil para iniciativas grupales e individuales, para ideas y proyectos, para la innovación y la transformación. En definitiva, Estados Unidos ha sido exitoso en cumplir sus propios sueños, de su propia manera.
Roberto Mangabeira Unger y Cornel West han definido la conjunción de esos sueños y la forma en que los estadounidenses concuerdan en realizarlos como “the American religion of possibility”: la creencia que sostienen los estadounidenses de que ellos pueden reinventarse y rehacer su sociedad, de que todo puede transformarse en algo nuevo. Dicen estos autores:
“Faith in the power of the individual to better his or her life is the most prominent element in the American religion of possibility, but it is not the only or even the most important one. That religion also includes something more basic and something more ambitious: a belief in the unlimited potential of practical problem solving and a faith in democracy as a terrain on which ordinary men and women can become strongly defined personalities, in full possession of themselves”.[1]
Esos elementos -fe en poder del individuo para alcanzar su propio desarrollo autónomo, confianza en que el resolver problemas en forma práctica acarrea la solución de problemas de fondo y convencimiento de que la democracia es el encuadre apropiado – se han combinado para asegurar el progreso de quienes profesan la religión referida.
Pero el recorrido ha sido, en buena medida, complejo. Los debates entre federalistas y antifederalistas han sido reemplazados, a lo largo de la historia estadounidense, por otros debates, con distintos focos pero con pasiones, intereses e influencias similares. La definición de esos debates se ha dado en las ocasiones que Roberto Gargarella llama “momentos constitucionales”. Gargarella sostiene que “la teoría de los momentos constitucionales propone dividir los tiempos constitucionales en dos. Tiempos de decisiones extraordinarias, propiamente constitucionales, y tiempos de decisiones ordinarias, acciones de gobierno común, periodos normales, de política de baja intensidad… Los momentos ordinarios son los de cualquier gobierno que pretende respetar y reglarse según una Constitución que no dictó y que se le impone, supuestamente como freno y garantía del gobierno de la ley. También existen estos otros momentos, los especiales, los inauditos, los infrecuentes, los excepcionales: los momentos constitucionales. Más allá de los fácilmente identificables, los momentos fundacionales hay contextos históricos en que se puede observar (con o sin modificación del texto constitucional) un cambio, una reconstrucción de esa fundación, una movilización de la ciudadanía, al ámbito público discutiendo más, la sociedad participando activamente, interviniendo inusitadamente, rompiendo el consenso tácito para expresar la necesidad de cambio… (Son) momentos donde el contrato puede ser reafirmado o reformado por este evento extraordinario, un movimiento ciudadano y democrático en acción en la arena política institucionalizada y no institucionalizada.”[2]
Coincidentemente, Marc Landy y Sydney M. Milkis identifican instancias claves en la historia estadounidense a las que llaman “constitutional refoundings”.[3] Se trata de “major points of developmental transition (that) involve debate and conflict about fundamental questions of American political life: the meaning of rights and how government can best protect them… Each episode was a refounding that engaged citizens in conflict and resolution about the meaning of the Declaration and Constitution for their own time.”[4]
Estos autores definen cuatro refundaciones constitucionales ocurridas, cronológicamente, durante las presidencias de Thomas Jefferson, Andrew Jackson, Abraham Lincoln y Franklin Delano Roosevelt.
De esta forma, la primera refundación promovió la democracia al apoyar y nutrir principios como la libertad de opinión, la supremacía de poder legislativo y la defensa de los poderes estaduales autónomos. La segunda refundación expandió el impulso democrático de la primera y estableció un sistema de partidos en el que el liderazgo presidencial pasó a jugar un papel protagónico. La tercera refundación, durante la presidencia de Lincoln, se suscitó debido a la controversia sobre la esclavitud. Implicó la decisión de mantener intacta a la Unión al tiempo que se la re-consagraba a los principios de la Declaración de la Independencia. A principios del siglo pasado tuvo lugar la así denominada “era progresista”. No es considerar como una refundación, pero si un momento en el que se generaron nuevas ideas sobre la democracia directa y la expansión del gobierno nacional que aún continúan vigentes y controversiales. La cuarta refundación rescribió el contrato social existente y estableció un Estado mucho más fuerte con el objetivo de contrarrestar la concentración del poder económico y adicionar derechos económicos a los derechos políticos.
Puede pensarse, entonces, que todo el éxito alcanzado como país ha sido consecuencia de un desarrollo progresivo, que ha superado –y aprovechado- las circunstancias críticas para modificar lo que había que modificar y suprimir lo que había que suprimir. Sin embargo, el progreso económico, social y tecnológico alcanzado no siguió esa lógica simplista. Un impulso experimentalista ha caracterizado casi todas las áreas del quehacer estadounidense. Invención, prueba y error, descarte de formulas viejas o impracticables, y, sobre todo, cooperación en todos los ámbitos han definido al genio de los estadounidenses, como en su momento remarcaran de Tocqueville, Sarmiento y otros.
Es ese impulso experimentalista el que toma una dimensión mayor ante las crisis, como las arriba mencionadas. De hecho, una expresión incontrastable de ese impulso tuvo lugar cuando se orquestó el New Deal, cuando medidas novedosas, profundas y de alcance amplio fueron aceptadas y aplicadas con singular fervor. Los estadounidenses jamás aceptarían la provocación que presenta a tales medidas como una aproximación práctica al socialismo. Pero lo interesante de esta experiencia radica en el hecho de que relativizó las etiquetas ideológicas. Socialismo y capitalismo se fusionaban o convivían o se transformaban en algún otro sistema, a partir del ingenio de los dirigentes estadounidenses y de la claridad de su visión respecto a prioridades e intereses.
Un ejemplo mucho más cercano en el tiempo, muy reciente de hecho, aunque menor en comparación, es la decisión por parte de la Reserva Federal de rescatar del inminente colapso al American Internacional Group (AIG), adquiriendo casi el ochenta por ciento de sus activos, en una maniobra que en latitudes más cercanas se llamaría estatización. Acciones de este tipo, que en principio estarían excluidas de las reglas de juego, son iniciadas cuando intereses vitales están en juego.
Ahora bien, el impulso experimentalista, afín tanto a la cooperación como a la innovación, está presente en todos los aspectos de la vida del país excepto en uno: el armado político-institucional. Más allá de la enmiendas, la Constitución es tomada como palabra revelada. Se discute la intención de los framers y la metodología de interpretación, pero nunca su reinvención. Incluso sin tocar a la Constitución, otros aspectos institucionales también son preservados incluso sin tener en claro el motivo de la férrea resistencia al cambio. ¡Por qué? Quizás la respuesta está en la afirmación de Unger y West de que “Americans have always wavered between the idea that they have to keep reinventing themselves and their arrangements to make good on the promises of American freedom, and the contrary idea that they have already found the basic design of a free society.”[5]
Esta actitud conlleva serias consecuencias. Las rigideces en los sistemas no han dejado de provocar problemas. Estos problemas son variados. Pero general tienen que ver con el debilitamiento de las formas de asociación voluntaria, con la pérdida, según la definición de Robert Putnam, de capital social.
Putnam describe: “‘social capital’ refers to features of social organization such as networks, norms, and social trust that facilitate coordination and cooperation for mutual benefit… By almost every measure, Americans’ direct engagement in politics and government has fallen steadily and sharply over the last generation, despite the fact that average levels of education –the best individual-level predictor of political participation—have risen sharply throughout this period…It is not just the voting booth that has been increasingly deserted by Americans… Americans have also disengaged psychologically from politics and government over this era.”[6]
Estos problemas tienen dos elementos en común: el primero es que todos ellos pueden ser atendidos a partir de un calentamiento en la participación política de la ciudadanía, disparado por modificaciones institucionales. El segundo es que de no solucionarse, esos problemas pueden redundar en la difusión de este ‘anti-impulso’ en las áreas en las que los estadounidenses han mostrado ser innovadores y creativos.
Las modificaciones institucionales pueden referirse al sistema de partidos, al sistema electoral, especialmente en lo referido a las primarias, al financiamiento de las campañas, etc. Muchas de ellas fueron abordadas en el seminario “Estados Unidos hoy: Construcción e implementación de la política exterior y doméstica”, organizado por la Comisión Fulbright y la Universidad de San Andrés en agosto pasado. Cada una merece un análisis y un diagnóstico certero, y no es ese el propósito de este corto trabajo.
El propósito es simplemente comentar una situación y llamar la atención sobre un punto muy relevante, que quizás no sea tan ajeno a la realidad que vivimos los argentinos.
Unger y West terminan advirtiendo (y proponiendo): “Americans should use the tools of institutional experimentalism to rethink and rebuild each strand in their religion of possibility: the hope of social opportunity and mobility for the individual; the hope that practical ingenuity can resolve, one by one, the problems people face; and the hope that under democracy individual men and women can achieve the largeness of vision and experience that less democratic civilizations have reserved for the exceptional few. …Unless Americans prove themselves willing to be as open-minded about institutional arrangements of the country as they have been about almost everything else they will (..) find their hopes frustrated.”[7]
Quizás el beneficio principal de la campaña presidencial 2008 no sea la perspectiva de que algún representante de alguna minoría o grupo postergado llegue al poder, sino la diseminación de que la arena política aún puede ser un lugar caliente, decisorio, imposible de suplantar.




GLS



[1] Mangabeira Unger, Roberto & Cornel West. The Future of American Progressivism, Beacon Press Boston, 1998. Página 10.
[2] En http://seminariogargarella.blogspot.com/
[3] Landy, Marc y Sydney M. Milkis. American Government: Balancing Democracy and Rights. Cambridge University Press.
[4] Landy y Milkis, páginas 129-130.
[5] Mangabeira Unger y West, página 40.
[6] En Bowiling Alone: America’s Declining Social Capital
[7] Mangabeira Unger y West, página 24.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Roberto Mangabeira Unger en televisión abierta de Argentina

En el marco de su visita a nuestro país para promover el debate binacional sobre estrategias de desarrollo conjuntas entre Argentina y Brasil, el Ministro de Asuntos Estratégicos Roberto Mangabeira Unger estuvo en el programa Visión 7 Internacional el día sábado. Acceda aquí a la entrevista que le hicieron Pedro Brieger e Hinde Pomeraniec:

jueves, 21 de agosto de 2008

“Ministro de las Ideas” brasileño discutirá temas estratégicos con pares locales


El 11 y 12 de septiembre próximo el ministro de Asuntos Estratégicos de Brasil, Roberto Mangabeira Unger, visitará nuestro país y sostendrá reuniones de alto nivel con funcionarios nacionales de primera línea con el fin de discutir posibles convergencias en las estrategias nacionales de desarrollo, establecer vínculos formales con distintas áreas del gobierno argentino y explorar posibilidades de cooperación en temas como defensa, educación y producción.

Mangabeira Unger se reunirá con los ministros de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, Jorge Taiana; de Defensa, Nilda Garré; de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, Julio De Vido; y de Educación, Jorge Tedesco.

Luego de esta agenda oficial, los días 13 y 14 de septiembre, el Ministro -en coordinación con un grupo de profesionales argentinos dedicados a la difusión de sus ideas, “Grupo Juramento”- entablará reuniones informales con personalidades destacadas, tales como el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti, y el ministro Raúl Zaffaroni.

Mangabeira Unger ocupa su actual cargo desde hace poco más de un año. Su responsabilidad es pensar a Brasil en el largo plazo, tarea poco habitual para los países sudamericanos. Tiene responsabilidades en temas de defensa, de reorganización de las relaciones laborales, de educación, de profundización del mercado por parte del estado y del programa “Amazonas sustentable”, entre otras cosas.

Son conocidas las ideas que nutren la estrategia política de Mangabeira Unger en cuanto a la necesidad de superar las políticas neoliberales basadas exclusivamente en una estabilidad macroeconómica. Para ello, implementa acciones que se basan, por ejemplo, en el estímulo a la producción con alto valor agregado, promoción de la industria local, fomento a las pequeñas y medianas empresas y la defensa de un modelo de desarrollo medioambiental y socialmente sostenible.

Mangabeira Unger es un intelectual de prestigio internacional, profesor de la Escuela de Leyes de Harvard (el único latinoamericano) desde que tenía 24 años y uno de los principales referentes de la corriente de estudios críticos del derecho. Ha escrito sobre economía, psicología, historia y teoría social en general. En una entrevista de principios de año, el New York Times lo presentó como el “Ministro de las Ideas”.

lunes, 11 de agosto de 2008

Seguridad y desarrollo en América Latina: El Consejo Sudamericano de Defensa

El análisis de una relación interdependiente entre la seguridad y el desarrollo es tanto o más antiguo que el del huevo o la gallina. En ese marco, está claro que nunca estarán seguros aquellos países en donde no se brinde una educación solvente a sus pueblos –no a unos pocos sino a la totalidad o, al menos, para intentar no ser tildado de “utópico”, a la gran mayoría-; mientras no se los incluya a un sistema de salud eficiente; hasta que no se amplíen las oportunidades laborales. Es decir, hasta que no se presenten alternativas efectivas que incluyan y eviten seguir escondiendo la realidad debajo de la alfombra con las soluciones habituales, normalmente pensadas para se adoptadas durante un interlapso muy limitado y habitualmente perpetuadas en el tiempo.

Pero lo cierto es que también resulta difícil dar solución a esas demandas, que se han profundizado con el paso del tiempo, en un contexto de profunda violencia.

Hoy, en América Latina, y a diferencia de la situación por la que atraviesan las potencias mundiales, las principales amenazas no provienen de cuestiones tales como el terrorismo. Las mismas están vinculadas, entre otras cosas, al hambre, la pobreza, la falta de educación y el limitadísimo acceso a un sistema de salud decente. En suma, a problemas internos de cada país vinculados a los precarios niveles de desarrollo sustentable, en donde la violencia ya es estructural -prácticamente heredada de generación en generación y expandida gradualmente por el agravamiento de los niveles de exclusión y marginalidad en la región-.

No obstante, esos problemas, de tipo principalmente domésticos, suelen trasladarse hacia otros países. Pero como la idea no es que esos efectos sean abordados en estas breves reflexiones, simplemente vale la pena tener en cuenta que en la actualidad América del Sur, no sin tener en cuenta las amenazas que la aquejan, propias de las asimetrías que la caracterizan, se encuentra en paz y tiene en sus manos la posibilidad de resolver sus propias limitaciones domésticas.

Ello viene en consideración a que no existe una región en el mundo que esté en condiciones de mejorar la calidad de vida de las naciones que la integran mientras se esté en estado de guerra. Otra vez, las causas y los efectos tienden a desdibujarse. ¿Utópico nuevamente? Tal vez.

Pero voy a tratar de argumentar esto brevemente: los conflictos limítrofes que persisten en la actualidad han sido heredados, como mínimo, del S. XIX (verbigracia Chile y Perú, Chile y Bolivia, Colombia y Nicaragua y Venezuela y Guyana). Los últimos acontecimientos entre Colombia y Ecuador, que llevaron a la amenaza del uso de la fuerza militar, con la inclusión en el plató de Venezuela, demostraron que el poder del diálogo civil y la resolución pacífica de los conflictos es el modus operandi de los gobiernos del subcontinente. A eso debería ser incorporado, y no es cosa menor, el hecho de que la región está libre de la existencia de armas nucleares, demostrando un claro compromiso por una cultura de paz. En ese contexto, lejos estamos de un conflicto armado y como reaseguro de ello se decidió crear un grupo de trabajo, en el marco de la Unión Sudamericana de Naciones, para que presentara una propuesta para crear un Consejo Sudamericano de Defensa al Consejo de Jefes de Estado de ese bloque.

Y es así que 12 países con realidades profundamente disímiles, grandes asimetrías en diversas áreas (sistema de modernización de sus sistemas de defensa, capacidades, producción industrial para la Defensa) y hasta marcadas diferencias políticas han decidido avanzar, por consenso, en la creación de un Consejo que se propone consolidar a América del Sur como una zona de paz. Esa condición permitirá que los países involucrados puedan hacer hincapié en las verdaderas amenazas de la región, vinculadas a la necesidad, ardua y compleja, de generar un desarrollo integral de sus pueblos.

NMC

viernes, 1 de agosto de 2008

Paulo Freire: entre Cristo y Marx

Alfredo me llamó la atención sobre una entrevista a Iván Petrella que salió en La Nación el 16 de julio. El título es esperable de alguien que se ha especializado en la teología de la liberación: “Se pueder ser religioso y progresista”. Además de elocuente, ese título es para mi –ya sé que para muchos no- además, obvio.

Vean este pasaje de la última entrevista dada por el gran Paulo Freire, en el que habla de Cristo y de Marx, y de cómo y por qué se sintió cercano a ambos.



A Freire no se lo podría, en principio, catalogar de religioso. Pero ya sabemos que las etiquetas no sirven para casi nada…

GLS